Sin eÑe: Moscú
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El mercado de Izmailovsky

El mercado moscovita de Izmailovsky es el lugar indicado para encontrar el disfraz soviético perfecto. Este gran mercado de antigüedades está situado en la parada de metro de la línea azul marino Izmailovsky. En él puedes pasar horas sorprendiéndote con todo tipo de reliquias soviéticas: uniformes militares, pósters, cascos de aviadores, armas que dan miedo, proyectiles de cañón… ¡uhhhh! Hay incluso una paradita dedicada a las SS.


Pero si preferís otro tipo de souvenires no os preocupéis. Hay Matryoshkas de todos los colores y estampados, desde Bob Esponja pasando por Ronaldinho y Bush hasta encontrar al mimoso Winnie the Pooh.
Encontraréis también ropa, instrumentos musicales, comida, películas, joyas… ¡Izmailovsky mola. Eso sí, no te olvides la paciencia en casa, a los rusos también les va el regateo!

Cervantes visita Moscú

¿Quién me hubiera dicho que entre tanto ruso me tomaría una copita de vino con Don Miguel de Cervantes Saavedra? Bueno, no fue con él exactamente, pero estuve con Ernesto Filardi, quien resucitó a Cervantes por unas horas en la capital rusa.

Iria Márquez y Ernesto Filardi son los actores de la compañía El Aula de Teatro de la Universidad de Alcalá de Henares y esta semana están en Moscú por cortesía de la Casa Museo de Tolstoi y del Instituto Cervantes.
¿Españoles en Moscú? ¿Me invitan a ver una obra de teatro? ¡Para allá me voy! “En qué se le haga merced”, título de la obra, rememora las dificultades por las que pasó nuestro más universal escritor antes de publicar El Quijote. Salpicada de humor y cargada de paralelismos con la actualidad, la obra me hizo conocer a un Cervantes joven, tenaz y, sobre todo, divertido. Apta para todos: incluso a los rusos pareció encantarles.

Si barres bien en Moscú, te vas a Canarias

Me han parecido sorprendentemente limpias las calles de Moscú. Pero todo tiene una explicación. Surrealista, pero cierto. Los mejores barrenderos de Moscú viajarán a Canarias por cortesía de las autoridades de la capital rusa al haber ganado un concurso que organiza cada año el Ayuntamiento.


Los barrenderos han sido premiados por la cantidad de escombros recogidos y no por su arte de malabares con la escoba.

Un total de 21 barrenderos moscovitas harán sus maletas para irse a las islas Canarias y doce jefes de la Administración se irán a República Checa. El porqué de estos últimos está por descubrir. ¿Burocracia rusa, molestias de gestión o…tendrá algo que ver la famosa mafia rusa?


Hasta ahí puedo escribir. Totalmente incomprensible, como la tipografía rusa.

Un trasbordo artístico

Conocido como el Palacio Subterráneo y considerado como uno de los más bellos del mundo, el metro de Moscú es una de las atracciones de la capital rusa.

Es elegante, artístico y está más que acostumbrado a los flashes. Pasear por él es como estar en un museo. En la construcción de sus estaciones colaboraron distintos arquitectos y pintores rusos. Cada estación presenta algo distinto y único, lo que hace de los trasbordos una actividad cultural bien amena.

Mosaicos, esculturas, arañas gigantescas, columnas, retratos, vidrieras polícromas… un paraíso para los amantes del arte y una oportunidad para los bolsillos ajustados, pues sale mucho más barato que la entrada a cualquier museo.

Pero eso no es todo. Los amantes de la poesía hispánica también podrán gozar mientras viajan. Y es que a mediados de octubre se inaugurará un tren dedicado a los cinco grandes poetas chilenos. Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Gonzalo Rojas, Nicanor Parra y Vicente García Huidobro tendrán su propio vagón en el metro de la línea azul.

En él los pasajeros podrán ver un retrato y una reseña biográfica de los poetas, así como los diez primeros versos de varias de sus obras, todo ello en español y en ruso.

¡Qué alegría poder olvidarse por un momento de la indescifrable tipografía rusa!

De cañones a patines

El Parque de la Victoria de Moscú (Park Pobidy) es tan grande que hoy he pasado toda la tarde en él sin darme cuenta.

Este parque se construyó para conmemorar la victoria de los rusos sobre los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, todavía hoy se pueden ver algunos cañones.

En el centro de la Plaza de Vencedores hay un larguísimo obelisco que mide 141’8 metros, cifra que simboliza los 1418 días y noches de la guerra. En lo alto del obelisco se encuentra la Diosa griega de la Victoria Nike (sí, como la marca). Y a sus pies, está la estatua de San Jorge triunfante matando al dragón. San Jorge es el santo preferido de los rusos, incluso las monedas de 10 céntimos tienen imágenes de él.

El conjunto del parque es precioso y sus explanadas enormes. Por ello se ha convertido en el paraíso de las ruedas: patines, skates e incluso esquí sobre ruedas , algo que yo desconocía y que parece estar muy de moda en Rusia.

Meritxenka en Moscú

Día 1
Las diferencias entre la Europa del norte y la del este son más que palpables a pocos minutos de mi llegada.

Aterrizo en el Aeropuerto Internacional de Moscú Sheremétievo y me dirijo al punto de información para preguntar cómo llegar al centro. La chica que me atiende no habla inglés y me mira mal, parece que no le gusto. Decido preguntar directamente en las taquillas del tren y tampoco me entienden. ¿Cómo es posible que nadie en el aeropuerto hable inglés? Me imagino lo peor al llegar a la ciudad, sólo llevo apuntado el nombre del hostal y la dirección. No tengo mapa y son las once de la noche, tengo miedo.

Una mujer, finalmente, me ve tan perdida y asustada que se acerca a ayudarme y, con su mapa, me indica el nombre de la estación más cercana. ¡Spasibo! (Gracias). Empieza mi aventura rusa, nada más y nada menos que con tres trasbordos de por medio.

Llego a la estación de Belorussky y debo coger el metro. No entiendo nada, todo está en ruso, necesito preguntar de nuevo. Tras varios intentos y distintas miradas tajantes y agresivas, encuentro a mi Salvador. En un primer momento me chilla palabras que suenan a algo como “trosky, chenka e istiskaya” y le respondo que no lo entiendo. No me comprende y sigue con su cancionuski. Un gran trabajo de mímica y lenguaje corporal por ambas partes hace que nos deduzcamos. El pobre chico me acompaña hasta mi destino final y se atreve a chapurrear cuatro palabras en inglés. Pero eso no es todo, ¡Me regala un papelito con la dirección de mi hotel escrita en ruso! Spasibo, otra vez.

Ahora ya estoy cerca, según la información a unos 7 minutos, que tienen toda la pinta de convertirse en 47. ¿Será el domingo el día del botellón ruso? Mi primer contacto con el exterior fue en una plaza con olor a Vodka. Tal vez los estereotipos que tanto llegamos a criticar no sean tan falsos, ¿no? O tal vez yo estoy demasiado alerta. Pensaré en ello, me fijaré más.
Después de más de 47 minutos llego al hostal. ¡Muy bien Meritxenka: misión cumplida!

Día 2
Me quejaba de los precios en Helsinki y resulta que Moscú los dobla.¿5 euros por un Capuccino? El día tampoco empieza bien.

Con mi Capuccinsky cinco estrellas en mano, me dirijo a la famosa Plaza Roja. ¡Impresionante, grandiosa! ¡Qué bonita es la Catedral de San Basilio! Si fuera un pastelito, que lo parece, sería de fresa y chocolate. Esta catedral en forma de bulbo es extremadamente dulce, no apta para dietas.

El Kremlin, sin embargo, se presenta insípido dentro de unas imponentes murallas rojas, color que inmortaliza su pasado y su bandera. Mientras tanto Lenin, embalsamado desde su Mausoleo, se lo mira con añoranza.

Por la tarde camino sin rumbo, así es como mejor se conoce una ciudad. Pero en este caso es imposible. Es escandalosamente enorme. Todo es muy grande: las calles, los centros comerciales, las catedrales, las plazas, los pasos subterráneos, los edificios, los cochazos, los tacones de ellas, las manos de ellos… Así que, cansada de caminar por esas interminables avenidas, vuelvo al hostal, dónde conozco a Vladimir Zhogolev, un freak ingeniero en telecomunicaciones de 26 años y, lo más curioso de todo, un ruso que habla inglés.

Vladimir vive en Samara y estará dos semanas en Moscú trabajando para distintas empresas. Ha viajado mucho por Europa y le gustaría irse a vivir a Estocolmo (Suecia).

Moscú no le gusta porque no hace justicia al resto de Rusia. Argumenta que la capital es rica y moderna, que los sueldos son dos veces mayores que en el resto del país, donde hay mucha pobreza y pocas oportunidades.
Comenta que sólo un 10% de la población habla inglés, por eso los rusos no se sienten cómodos con el extranjero. Ya… pero cómo mínimo podrían sonreír –le digo-. Me responde que son muy desconfiados y que puede incluso que estén tristes porque nadie se preocupa por ellos. Ahora Rusia está haciendo dinero, pero no se queda en el país. A nadie parece interesarle, y menos a Putin, principal mafioso del país que sólo mira por su bolsillo.

Comenta también que todavía hay mucha gente que anhela el comunismo. Antes no había tantas desigualdades, ahora la gente trabaja mucho para no tener nada. La mayoría de jóvenes rusos está a favor del sistema actual, pero él no. Dice que el comunismo era mejor para el beneficio propio del país. Tal vez ahora haya más oportunidades, pero cuesta mucho encontrarlas- asegura-.

Me explica que la ciudad es peligrosa, especialmente de noche, cuando hay mucha delincuencia. Uno de los principales problemas callejeros son las peleas entre Skin heads e inmigrantes moldavos.

Vladimir dice que el alcoholismo en Rusia se centra especialmente en las zonas rurales, donde la gente no tiene motivaciones y se aburre demasiado. En Moscú, por ejemplo, la gente no bebe tanto, trabaja, tiene cosas que hacer y está entretenida.

Le pregunto si se siente europeo y me responde que no. Él que ha viajado mucho por Europa me lo puede asegurar. Dice que Moscú es sin duda una ciudad casi europea, pero que parece que va por libre y no tiene en cuenta al resto del país. Le encanta Europa, especialmente la ciudad de Barcelona para divertirse y Estocolmo para vivir. Uno de sus planes de futuro es precisamente irse a vivir a la capital sueca donde, al parecer, hay muchas oportunidades para los ingenieros informáticos.

Me pregunta sobre mí y le explico que estoy dando la vuelta al mundo. No me cree y le enseño el vídeo ganador. Alucina y me promete que esas cosas no pasan en Rusia. Se despide de mí diciéndome: “Me voy a dormir, yo soy una persona normal, tengo horarios de trabajo. Si quieres mañana por la tarde quedamos y te enseño la ciudad”.

Me voy a dormir pensando en lo afortunada que soy y contenta de saber que los estereotipos que el primer día me plantee fueron fruto de mi desconocimiento. Vladimir es un ruso simpático, hospitalario y divertidísimo. Además, no bebe alcohol.